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Autódromo de Sitges

Autódromo de Sitges Terramar


Autódromo de Sitges-Terramar: Un Siglo de Historia sobre asfalto y hormigón


En el término municipal de Sant Pere de Ribes, prácticamente en el límite con Sitges, se alza una de las joyas olvidadas del automovilismo europeo. El Autódromo de Terramar, conocido popularmente como Autódromo de Sitges por su proximidad a la famosa ciudad costera, es un testimonio de hormigón de una época en que España se atrevió a soñar en grande y se situó a la vanguardia del deporte motor mundial. Construido en apenas 300 días e inaugurado en octubre de 1923, este circuito oval representa un capítulo fascinante de la historia del automovilismo español y europeo.


El contexto: cuando España quiso ser pionera


Para comprender la audacia que supuso la construcción del Autódromo de Terramar, es necesario situarse en el contexto de principios de los años veinte del siglo XX. Europa y América vivían una auténtica fiebre por las carreras de automóviles. El automóvil, que apenas dos décadas antes era un juguete para millonarios, se había popularizado lo suficiente como para generar un interés masivo por las competiciones de velocidad.


Sin embargo, los circuitos permanentes específicamente diseñados para carreras de coches eran todavía una rareza. En 1923, cuando se inauguró el Autódromo de Terramar, el mundo del motor solo contaba con tres circuitos ovales permanentes: Brooklands en Inglaterra, inaugurado en 1907; Indianápolis en Estados Unidos, abierto en 1909; y Monza en Italia, que había comenzado a funcionar en 1922. El Autódromo de Terramar se convertiría en el cuarto circuito oval del mundo y el primero de España, situando al país en una posición de vanguardia que pocos podían imaginar.


Los circuitos no permanentes y la Penya Rhin


Antes de la existencia de circuitos permanentes como Terramar, las carreras de coches en España se celebraban en trazados temporales que aprovechaban carreteras públicas. El ejemplo más notable era el Circuito de Vilafranca del Penedès, organizado por la Penya Rhin, una agrupación de aficionados al automovilismo que se reunía en el café Rhin de la Plaza Catalunya de Barcelona.


La Penya Rhin, fundada en 1916, estaba formada por industriales, empresarios, ingenieros y entusiastas del motor que compartían la pasión por las carreras de coches. Entre 1921 y 1923, esta agrupación organizó tres ediciones del Gran Premio Penya Rhin en el Circuito de Vilafranca, un trazado triangular de 14,790 kilómetros que unía las poblaciones de Vilafranca del Penedès, Santa Margarida i els Monjos y La Múnia, atravesando carreteras comarcales.


Estas carreras fueron eventos de extraordinaria relevancia. La edición de 1921 fue la primera carrera internacional de automóviles celebrada en España y la segunda de Europa ese año, solo superada por el Gran Premio de Francia en París. Más de 50,000 espectadores acudían cada año a presenciar las carreras, una cifra asombrosa considerando que Vilafranca tenía entonces menos de 8,000 habitantes.


El Circuito de Vilafranca no era permanente en el sentido moderno del término. Se trataba de carreteras públicas que se cerraban al tráfico durante las carreras. Los participantes debían completar 35 vueltas al circuito, sumando un total de más de 500 kilómetros. Las tribunas desmontables se instalaban específicamente para el evento y luego se retiraban. Esta característica temporal tenía ventajas económicas, pero también limitaciones evidentes en términos de seguridad y control de las condiciones de la pista.


El golpe de estado de Miguel Primo de Rivera en septiembre de 1923 y los cambios políticos subsiguientes acabaron determinando que las carreras de la Penya Rhin en Vilafranca no tuvieran continuidad después de la edición de 1923. Sin embargo, el espíritu de aquellos pioneros no moriría: la Penya Rhin seguiría organizando carreras en otros circuitos como Montjuïc y Pedralbes, y eventualmente traería la Fórmula 1 a Barcelona en 1951.


La visión de Francesc Armengol y el proyecto Terramar


Mientras la Penya Rhin organizaba carreras en circuitos temporales, un empresario sabadellense llamado Francesc Armengol soñaba con algo más ambicioso. Armengol era el promotor de Terramar, un proyecto urbanístico innovador inspirado en las ciudades-jardín de la Riviera francesa. La idea era crear en la costa de Sitges una urbanización residencial de lujo que combinara mansiones señoriales, jardines tropicales, un casino, un hotel y diversas instalaciones deportivas y culturales.


Como gran aficionado a las carreras de automóviles, Armengol vio en la construcción de un autódromo permanente la pieza clave para dar prestigio internacional a su proyecto Terramar. Un circuito que pudiera albergar grandes premios internacionales atraería a la élite europea, daría visibilidad mundial a la urbanización y situaría a Catalunya en el mapa del automovilismo de competición, para ello conto con personas vinculadas al mundo del automovilismo como Frederic Armangué i Feliu, conocido como Frick, Piloto de Automovilismo y protagonista clave del automovilismo en Cataluña y España, su legado también permanece unido al éxito de la Penya Rhin y el RACC, Además, su labor resultó determinante para la creación del emblemático Autódromo de Terramar.


El lugar elegido fue una finca conocida como Mas Clot, en el término municipal de Sant Pere de Ribes, lindante con Sitges y la propia urbanización Terramar. La proximidad a Sitges, ciudad ya conocida internacionalmente por su ambiente cultural y artístico, justificó que desde el principio el circuito fuera conocido como Autódromo de Sitges, aunque técnicamente se encontrara en territorio de Sant Pere de Ribes.


Una construcción récord


En enero de 1922 comenzaron las obras del Autódromo, con Frederic Frick Armangué y con diseño de Jaume Mestres i Fossas. El proyecto era extraordinariamente ambicioso: un circuito oval de forma elíptica con una longitud total de 2 kilómetros y un ancho de pista de 20 metros, construido íntegramente con placas de hormigón de 12 centímetros de espesor.


Lo más espectacular del diseño eran los peraltes, las curvas inclinadas que permitirían alcanzar velocidades muy superiores a las posibles en curvas planas. Los peraltes del Autódromo de Terramar alcanzaban inclinaciones de entre 60 y 90 grados en su parte más alta, una característica que lo convertiría en uno de los circuitos más exigentes y emocionantes del mundo.


La construcción se completó en solo 300 días, una proeza técnica considerando los medios disponibles en 1922-1923. El coste total ascendió a 4 millones de pesetas de la época, una suma considerable que Armengol y sus socios financiaron con la esperanza de recuperar la inversión mediante las carreras y el prestigio que el circuito daría al proyecto Terramar.


La inauguración: gloria efímera


El 28 de octubre de 1923 se celebró la inauguración oficial del Autódromo de Terramar con la disputa del segundo Gran Premio de España de la historia. El evento contó con la presencia del rey Alfonso XIII, representado por el Capitán General de Catalunya Miguel Primo de Rivera, además de Francesc Armengol y numerosas personalidades del mundo del motor, la política y la sociedad catalana.


La carrera inaugural consistió en 100 vueltas al circuito, aproximadamente 200 kilómetros. Participaron ocho vehículos conducidos por algunos de los mejores pilotos europeos de la época. La victoria fue para el francés Albert Divo al volante de un Sunbeam, que se impuso tras una intensa batalla con el aristócrata británico Louis Zborowski, pilotando un Miller. Divo completó las 100 vueltas a una velocidad media de 155,96 km/h, estableciendo el primer récord oficial del circuito.


Sin embargo, aquel día de gloria escondía problemas que pronto se harían evidentes. Los sobrecostes de construcción habían dejado a los promotores sin liquidez. Para recuperar parte de la inversión, embargaron los ingresos por venta de entradas, dejando a los organizadores sin fondos para pagar a los pilotos. Al no haber premios en metálico para los ganadores, la Federación Internacional del Automóvil prohibió que el autódromo albergara carreras internacionales puntuables.


Además, los propios pilotos expresaron serias quejas sobre el diseño del circuito. Las transiciones entre las rectas y los peraltes eran bruscas y peligrosas. La excesiva inclinación de las curvas convertía el trazado en un desafío extremo donde cualquier error podía ser fatal. Aunque esto añadía emoción desde el punto de vista deportivo, dificultaba enormemente la atracción de participantes dispuestos a arriesgar sus vidas en un circuito tan exigente.


Años de declive y abandono


Después de la carrera inaugural, el Autódromo de Terramar vivió años de irregularidad. Sin poder organizar grandes premios internacionales oficiales debido a la prohibición de la FIA, el circuito acogió carreras regionales y eventos de menor prestigio. La asistencia de público fue decepcionante, muy por debajo de las expectativas de los promotores.


Francesc Armengol, que había invertido gran parte de su fortuna en el proyecto Terramar, se arruinó. El sueño de convertir aquella zona costera en una réplica de la Riviera francesa con un autódromo como atracción estrella se desvaneció. El circuito pasó de mano en mano, cada nuevo propietario intentando sin éxito hacerlo rentable.


En 1932, el autódromo fue adquirido por Edgar de Morawitz, un aristócrata y piloto polaco exiliado en España que era gran aficionado al automovilismo. Morawitz intentó revitalizar el circuito organizando eventos espectaculares, como el famoso desafío entre automóviles y avionetas que capturó la imaginación del público. También consiguió celebrar el Campeonato de España de motocicletas, pero ninguno de estos eventos generó beneficios económicos significativos.


Durante la Guerra Civil española (1936-1939), el circuito quedó completamente abandonado. Después del conflicto, hubo algunos intentos esporádicos de reactivarlo. La última competición oficial tuvo lugar en 1956, cuando albergó 60 kilómetros de una etapa de la Volta a Catalunya. Desde entonces, el Autódromo de Terramar quedó en desuso, convertido en un monumento de hormigón al que solo accedían ocasionalmente aficionados nostálgicos y curiosos.


El circuito más antiguo conservado


Paradójicamente, el fracaso comercial del Autódromo de Terramar contribuyó a su preservación. Al no haberse desarrollado urbanísticamente la zona circundante ni haberse reutilizado el terreno para otros fines, el circuito permaneció intacto. Hoy en día, el Autódromo de Sitges-Terramar es el único circuito oval del mundo con su trazado y firme original de hormigón que se ha conservado íntegro desde el momento de su inauguración hace más de un siglo.


Esta singularidad lo convierte en una pieza de patrimonio industrial y deportivo de valor incalculable. Mientras Brooklands en Inglaterra fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial y reconvertido en aeródromo, y otros circuitos históricos han sido demolidos o radicalmente transformados, Terramar permanece como un testimonio físico de la época dorada de los primeros circuitos de carreras.


Los espectaculares peraltes, con sus inclinaciones que superan los 60 grados, siguen ahí, desafiando a la gravedad y al tiempo. Aunque el hormigón muestra el desgaste de un siglo de abandono, con grietas y vegetación creciendo en las juntas, la estructura básica permanece sólida. Caminar o conducir por aquellos peraltes es experimentar la misma sensación que sintieron los pioneros del automovilismo en los años veinte.


Visitas ilustres y nuevos récords


A lo largo de las décadas de abandono, el Autódromo de Terramar ha recibido visitas puntuales que han mantenido vivo el recuerdo de su glorioso pasado. Aficionados al motor de toda Europa peregrinan hasta Sant Pere de Ribes para admirar esta joya arquitectónica y sentir la historia bajo sus pies.


En 2012, se produjo un evento que capturó la atención mediática internacional. Los pilotos españoles Carlos Sainz y Miguel Molina pusieron a prueba un Audi R8 LMS sobre el viejo hormigón de Terramar. A pesar de las difíciles condiciones de la pista, con zonas agrietadas y algunos baches, Carlos Sainz estableció un nuevo récord oficioso del circuito al completar una vuelta en 42,6 segundos, alcanzando una velocidad media de 170 km/h. Este tiempo superaba el récord histórico de 45,8 segundos que Louis Zborowski había establecido en 1923 con su Miller, una marca que había permanecido imbatida durante 89 años.



Este evento, documentado en vídeo y ampliamente difundido, renovó el interés por el autódromo y demostró que, a pesar de su estado, el circuito seguía siendo transitable y emocionante. La hazaña de Sainz fue un homenaje simbólico a los pioneros que inauguraron la pista casi un siglo antes.



En 2017, el circuito fue escenario de un episodio de la segunda temporada de The Grand Tour, el programa de Amazon Prime protagonizado por los legendarios presentadores Jeremy Clarkson, James May y Richard Hammond. Este programa, visto por millones de personas en todo el mundo, dio a conocer el Autódromo de Terramar a una nueva generación de aficionados al motor y subrayó su importancia histórica.


Además, marcas automovilísticas como Seat han utilizado el circuito para sesiones fotográficas y spots publicitarios, aprovechando el ambiente único y retro que proporciona este escenario histórico. Eventos de coches clásicos como la Targa Catalunya también han incluido el autódromo en sus rutas, permitiendo que vehículos de época vuelvan a rodar por donde lo hicieron sus antecesores.


Proyectos de rehabilitación: entre la esperanza y la incertidumbre


A lo largo de las últimas décadas, han surgido periódicamente proyectos para rehabilitar y poner en valor el Autódromo de Terramar. En 2009, una empresa privada adquirió los terrenos del autódromo con la intención de convertirlo en un centro del motor pionero en Europa.


El proyecto más reciente, presentado en 2021, proponía la creación de un centro de eventos deportivos, culturales y de ocio en la pista y su entorno. La propuesta incluía concursos, exhibiciones y competiciones ecuestres, festivales y ferias de vehículos de época, presentaciones de coches, y la construcción de cuatro hoteles cercanos a la pista. La idea era convertir el autódromo en un atractivo turístico que beneficiara tanto a Sant Pere de Ribes como a Sitges.


Sin embargo, hasta la fecha, ninguno de estos ambiciosos planes se ha materializado completamente. Las dificultades para obtener permisos urbanísticos, las preocupaciones medioambientales, y los desafíos financieros han impedido que el autódromo sea restaurado y devuelto a la actividad.


El proyecto de rehabilitación aprobado en 2022 contemplaba la adaptación de las instalaciones respetando el medio ambiente e integrándolas en el paisaje. De las 65 hectáreas del área total, solo 5,3 serían edificables, con 14,4 hectáreas destinadas a zonas verdes. El resto se dedicaría al área ecuestre, el trazado del circuito, las gradas y los accesos.


Un símbolo de ambición y nostalgia


Más allá de su valor patrimonial objetivo, el Autódromo de Sitges-Terramar ha adquirido con el tiempo una dimensión simbólica. Representa la audacia de una época en que España se atrevió a competir con los grandes de Europa en el ámbito del deporte motor. Es un recordatorio de que el país no siempre ha estado a la zaga tecnológica, sino que en determinados momentos históricos fue capaz de estar en la vanguardia.


Para los aficionados al motor, Terramar es un lugar de peregrinación, un templo donde la historia del automovilismo se hace tangible. Conducir o simplemente caminar por aquellos peraltes impresionantes es conectar con los pioneros que arriesgaron sus vidas en aquellas primitivas máquinas de carreras, en una época en que la velocidad era todavía un territorio inexplorado y cada carrera un auténtico desafío a la muerte.


El autódromo también simboliza la fragilidad de los sueños grandiosos. Francesc Armengol imaginó un futuro glorioso para Terramar, con el autódromo como pieza central de un proyecto urbanístico revolucionario. Pero las circunstancias económicas y políticas frustraron aquellas ambiciones, dejando como legado un circuito abandonado que sobrevive como testigo silencioso de lo que pudo ser y no fue.


Legado y perspectivas de futuro


Cien años después de su inauguración, el Autódromo de Sitges-Terramar se encuentra en una encrucijada. Por un lado, su valor histórico y patrimonial es indiscutible. Es una pieza única del patrimonio industrial europeo que merece ser preservada y puesta en valor. Por otro lado, el abandono prolongado ha causado un deterioro progresivo que requiere intervención urgente si se quiere evitar que el tiempo acabe borrando para siempre esta joya del automovilismo.


El desafío es encontrar un equilibrio entre la conservación histórica y la viabilidad económica. ¿Puede el autódromo volver a ser un circuito activo sin traicionar su esencia histórica? ¿Es posible desarrollar un proyecto turístico y cultural sostenible que beneficie a la comunidad local sin destruir el valor patrimonial del lugar?


Estas preguntas no tienen respuestas fáciles, pero lo que parece claro es que el autódromo no puede ni debe continuar indefinidamente en su estado actual de abandono. Ya sea como museo del automovilismo, como circuito para vehículos históricos, como centro de eventos relacionados con el motor, o como una combinación de estos usos, el Autódromo de Terramar merece una segunda oportunidad.


Mientras llega esa oportunidad, el viejo circuito permanece en Sant Pere de Ribes, con sus peraltes desafiantes apuntando al cielo mediterráneo, recordando a quien quiera escuchar que hubo una época en que España soñó con velocidad, audacia y modernidad, y que ese sueño quedó grabado en hormigón para que las generaciones futuras puedan tocarlo, sentirlo y recordar que los grandes proyectos nacen siempre de grandes ambiciones.


El Autódromo de Sitges-Terramar es, en definitiva, mucho más que un circuito abandonado. Es un monumento a la osadía, un testimonio de una era dorada, y un desafío para el futuro: el desafío de honrar el pasado mientras se construye un porvenir digno de aquellos pioneros que, hace exactamente un siglo, se atrevieron a soñar lo imposible y lo hicieron realidad en 300 días de trabajo incesante.


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